
El Gran Cumbal hace historia en Colombia: La primera fábrica indígena de cosméticos certificada

Cumbal, Nariño. Diciembre de 2025
El amanecer en el Resguardo Indígena del Gran Cumbal huele a plantas medicinales. A matico, caléndula, lavanda y manzanilla. Huele a tiempo largo, a manos que han sembrado con paciencia y a decisiones tomadas para cuidar la tierra sin abandonarla. Allí, donde el volcán del Gran Cumbal vigila y la neblina baja despacio, una hoja se volvió arquitectura y la tradición se transformó en futuro.
El 21 de noviembre de 2025 quedó marcado como un hito nacional: la Asociación Agroecológica Sinchimaki obtuvo la certificación de capacidad de producción otorgada por el INVIMA, convirtiéndose en la primera fábrica indígena de cosméticos certificada en Colombia y en el departamento de Nariño. No se trata solo de una autorización sanitaria. Es el reconocimiento a un modelo de desarrollo que demuestra que la conservación, la identidad y la economía pueden caminar juntas.

La historia comenzó mucho antes. Desde 2016, Sinchimaki y la Fundación Impulso Verde Kuaspue construyen una alianza basada en la restauración ecológica y el fortalecimiento comunitario. Ese mismo año se impulsó el vivero comunitario, que hoy produce más de 200.000 plántulas nativas al año y ha permitido la siembra de más de 250.000 árboles en áreas degradadas del territorio. Árbol a árbol, familia a familia, se fue tejiendo una alternativa concreta frente a la deforestación.
El salto decisivo llegó en 2020, en la segunda fase del apoyo de la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD), en el marco del proyecto Alternativas económicas a la deforestación en Colombia. El acompañamiento permitió fortalecer capacidades técnicas, consolidar cadenas de valor sostenibles y transformar el conocimiento ancestral sobre plantas aromáticas y medicinales en productos cosméticos naturales con estándares de calidad.
En 2024, el proyecto tomó forma física. Se inició la construcción de la fábrica mediante técnicas de bioconstrucción en Superadobe, con un diseño ovalado inspirado en la forma de una hoja. Una hoja como símbolo de vida, de ciclo, de equilibrio. Desde allí hoy se elaboran cosméticos que cuidan la piel sin dañar el territorio del que provienen.

Para Antoine Gérigné, presidente de la Fundación Impulso Verde Kuaspue, este logro es el resultado de más de cinco años de trabajo conjunto y una señal clara para el país: es posible que asociaciones indígenas y campesinas fabriquen, distribuyan e incluso exporten productos naturales de alta calidad, generando ingresos adicionales mientras protegen los bosques. Un ejemplo que abre camino para otras organizaciones de la Red de Viveros Impulso Verde.
Desde el territorio, Albeiro Giraldo Aza, presidente de la Asociación Sinchimaki, define este momento como un día histórico. En la fábrica —dice— se concentran años de liderazgo, trabajo colectivo y saberes compartidos: “Aquí está todo nuestro liderazgo, nuestro esfuerzo y nuestros conocimientos. Queremos seguir protegiendo nuestros recursos naturales y restaurar nuestros bosques a través de negocios verdes sostenibles, sin romper el vínculo con la tierra donde nacimos, crecimos y vivimos”.
La relevancia del hito trasciende lo local. Para el INVIMA, en palabras de su coordinador Álvaro Luis Verdugo, se trata de un avance inmenso en el cumplimiento de la normativa sanitaria y un motivo de orgullo institucional, al ver cómo asociaciones comunitarias se integran a los más altos estándares del país. Desde lo público, la Alcaldía de Cumbal y Corponariño coinciden en señalar este proceso como una apuesta por el progreso local, la economía regional y la armonización entre conocimiento técnico y sabiduría ancestral, con un liderazgo destacado de mujeres, campesinos e indígenas.



En el Gran Cumbal, los cosméticos no son solo productos: son una declaración de principios. Demuestran que la defensa del bosque también puede generar bienestar, que la economía puede tener raíz, y que desde los territorios indígenas se están construyendo respuestas concretas a los grandes desafíos ambientales de Colombia. Una hoja convertida en fábrica, un territorio hecho ejemplo, un país que empieza a reconocer en sus raíces la posibilidad de un desarrollo verdaderamente sostenible.
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